(Óleo sobre lienzo)
Ewian- The Last Poem :
https://www.youtube.com/watch?v=E0OfXiMl56M
Aquella noche se alejó de la ciudad buscando un rincón apartado en el que no verse más que a sí misma, era tan complicado sentirse en soledad entre tanto bullicio de gentes que vienen y van... sus ojos estaban cansados de buscar un punto en el que no hallar a nada ni a nadie que le pudiera estorbar en su hazaña de no verse una más.
No sé si os habrá pasado, pero habría que ser muy ingenuo para pensar que solo a mí se le ocurriría buscar un lugar, en el que sentirse como en la seguridad que ofrecen las cuatro paredes de tu llamado hogar sin estar encerrado a cal y canto y hacer ver si llaman, que no estás. Rogar al cielo que allá donde vas no se aprecie más que el lejano ruido de la ciudad e imaginar que al fin vas a hallar ese pequeño rincón en que nada se interpondrá entre tu mirada y un horizonte digno al que poder llamar libertad.
No recuerdo haber dado tantas vueltas en mi vida como llegué a dar aquella noche, allá en el punto más inesperado topabas con almas de miradas perdidas al más allá y cuando te veían, se sorprendían con un ademán de huir al saberse encontrados y derrotados dónde creían haber encontrado al fin un lugar en el que poder aceptarse a si mismos sin rechistar.
Me sabía mal toparme con esas almas en pena, les miraba cómplice en su hazaña y con una leve sonrisa como quien mira con ternura a un niño indefenso les ofrecía a través de mi mirada la tranquilidad de saber que no estaba ahí para robarles su pequeña morada, les saludaba y marchaba sin más.
Al fin, y sobre las cuatro y media de la madrugada, tras haber recorrido cada rincón del Parque de Collserola me di por vencida, aquello, más que un parque natural, a esas horas pareciera un prostíbulo a lo bestia, pertenecía a perdidos y a quien se encuentra a base de fornicar, me hubiera conformado con que algún ovni me abdujera y me hubiera llevado a tomar por culo a ningún lugar.
De camino a casa, recordé aquellos pescadores del barrio de la Barceloneta que en ocasiones veía y pensé que quizás lo que el monte no me podía ofrecer estando ya todo él adjudicado, quizás el mar me lo podría otorgar.
Me dirigí al rompeolas y con asombro me percaté que salvo cuatro pescadores perdidos con ganas de pescar hasta un buen resfriado no había nadie más. Caí en la cuenta de que a esas horas la brisa del mar se presta helada y relajar una mente cansada sería toda una proeza pues más bien las ideas se congelan y el frío no te deja ni pensar, y qué decir de esa humedad que cala hasta los huesos, lo que pretendes es vaciar y acabarías repleto de mar hasta más allá del lagrimal, pero para cuando la necesidad aprieta uno se las ingenia, obcecada en la idea de conseguir estar en soledad y siendo chica precavida, aunque en esta ocasión no fuera por falta de hostias de la vida, sino por sentir la friolera de un corazón helado, me atavié con mis guantes, gorro y una bufanda que me habría tapado hasta los pies pero no, no era suficiente, agarré mi mantita de salir a joder al tiempo y allí me planté, elegí una buena roca en la que poder aposentar bien el trasero y bajo la luna llena al fin quedé extasiada observando el ancho mar.
Me coloqué los cascos y le presté a mis sentidos la música de doler, la ayuda necesaria para dejar latir al corazón, esas melodías que no tienen rostro, las que te muestran tan sólo lo que fuiste, eres y no dejarás de ser.
Pensé, lloré y grité al viento como quien exultante consigue una meta, la de al fin saberte entero, humano y en paz.
Amaneció ante mí en el horizonte un sol radiante, apostando por mí como por ti cada vez que nace y yo, amanecí y proseguí mi camino como siguen las cosas que tienen sentido.
E.G.A (15-07-15)

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